
Lo confieso, como podrían hacerlo a buen seguro muchos de ustedes: amo lo abyecto. Esto de la cultura popular y sus entresijos es, nietales, como la cosa de las drogas: se empieza interesando uno en lo más selecto de la misma, estéticas y temas que no ofenden al buen gusto, y que hasta cuentan con el beneplácito de críticos y estetas de los serios. Se sigue investigando y casi sin darse cuenta, comenzando a apreciar todas las excrecencias, las rarezas, aquellos frutos que no son sino torpe remedo, repetición incesante, religiosa, del lugar común.
Y se acaba, sobrepasada cualquier prudencia, por estimar, buscar y hasta gozar de aquellas parcelas en donde uno, al principio, no osaba ni poner sus pies: los tebeos que se saben malos a rabiar, las portadas adocenadas de los bolsilibros, la literatura de refrito, el cine demente por pésimo que sea su resultado. La basura se ha infiltrado en las venas y ya no es uno capaz de mantener su sano juicio: devora cuanto producto de décima fila se ponga ante sus ojos, y encima, ay, disfruta como un cosaco, que ya se sabe que el placer, si culpable, es doble.




Empieza uno, como a fumar, con un consumo responsable, acotando su interés a determinadas épocas, estilos, escuelas gráficas o productos determinados, sea el cine de miedo clásico, los cromos de los cincuenta o las cubiertas de los pulp de los años treinta, y acaba pasado el tiempo convertido en un puto yonqui de la subcultura, empapusándose lo que antes aborrecía con tal de meterse algo al cuerpo: casi ni se conoce al mirarse al espejo. Y sin embargo, en ese regodeo en estéticas atroces, en temas mil veces conocidos, en realizaciones conscientemente minúsculas, aflora el placer, y no menor precisamente.



Y si no lo creen, mírenme a mí: estragado por completo el gusto tras tantos años de atizarse subproductos, he terminado por preferir lo pésimo a lo mediocre, con tal de que contenga algo de la chispa que originalmente alumbró lo que parecía simple afición. Si no, de qué les iba a traer al Desván una cosa de 1985, hace un rato como quien dice, acostumbrados como están a que el Abuelito trafique sólo con material añejo y de primera. Ahora, que no me dirán que todas estas imágenes no tienen su encanto…



Depravado, sí, pero encanto: semejante recua de monstruos de tercera, de los que hasta dibujados parecen más de trapo que de carne y ectoplasma, es capaz de desarmar con su sinceridad, su modestia y sus colmillacos a cualquier degustador de tontunas fantásticas como quien les habla. O como muchos de ustedes, seguro. Así que no les queda sino excusar al Abuelito, que esta vez ha sido incapaz de contener sus desviados instintos y les ha traído sobredosis del mal gusto que caracteriza lo moderno.



Alucine, ese precioso nombre que evoca como la esencia misma del tebeo, mundos de drogadicción y festejo, la editó Bruguera a mediados de los ochenta, cuando el antaño gigante agonizaba en los kioscos perdida por completo su sintonía con un público que ya nada tenía que ver con el que siempre le dió de comer. Es la versión española de la teutónica Gespenster, de la que algún ejemplar he encontrado por el Desván y que aquí les muestro. Historietas de terror tontorrón, inmersas en el mundo del tópico, coloreadas de forma atroz e ilustradas rutinariamente por un montón de dibujantes buena parte de ellos españoles (que siempre fuimos y, ay, seremos, mano de obra barata para los amos de Europa): Miguel Quesada, Tomás Marco, Fulgencio Cabrerizo, Félix Más, Joaquín Blázquez y otros honrados proletarios de la viñeta. En horas bajas, desde luego, por no decir algo peor: y sin embargo capaces de fascinar aún a los perversos amantes de la basura…