House of Horrors

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HOUSE OF HORRORS

Director: Jean Yarbrough. Con Rondo Hatton, Martin Kosleck, Robert Lowery, Virginia Grey. USA, 1946

Quiero suponer, ay, que a tales alturas todos ustedes saben quien fue el gran Rondo Hatton, aquel desgraciado periodista deportivo felizmente integrado en el american way of life, que un mal día al mirarse al espejo descubrió que sus orejas aumentaban de tamaño, que sus pómulos pugnaban por salir de su rostro, que nariz y labios habían tomado un camino independiente poniéndose a crecer sin ton ni son. Pasada ya la primera juventud, Rondo Hatton había contraído la acromegalia, un desorden glandular de lo más raro que hace, entre otras cosas, que a las diversas partes de la cabeza les dé por desarrollarse ellas solas, sin consultar al resto del cuerpo. Cuerpo que por su lado pone igualmente los huesos a crecer desparejos, amenazando con sobrepasar los límites de la carne y hacer que todo reviente.

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En semejante tesitura al bueno de Rondo no le cupo otra que abandonar el ejercicio del periodismo e intentar sacar beneficio del infortunio, así que aprovechando vagos contactos establecidos tiempo ha, se dirigió a Hollywood a ofrecerse como el Monstruo Humano que No Necesitaba Maquillaje. Un mundo del espectáculo menos remilgado que el actual le abrió las puertas: la productora Universal lo contrató, le puso un sombrerito viejo y  hasta creó para él una especie de personaje, habitante del mundo de sombras que tanto veneramos aquí. The Creeper lo bautizaron y sin continuidad apareció en varios filmes, de la Mujer Araña de Sherlock Holmes al que hoy traemos por estos pagos, que hacía ya demasiado que los Santos Horrores en blanco y negro no asomaban por el Desván.

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     Asomado a la ventana, Rondo ve pasar por la acera de enfrente a una mujer joven. Sale a la calle, la aborda y como quiera que ésta se lleve un buen susto, sin contemplaciones la abraza y le rompe la espalda. Desahogado, se vuelve tranquilamente para su casa. Es una escena de menos de un minuto de House of Horrors (1946) que resume perfectamente la esencia de sus películas. The Creeper mata a las mujeres que no podrá nunca poseer, pues como monstruo  no es capaz de reprimir sus frustraciones e instintos primarios. Esta Casa de los horrores es tal vez el mejor de sus títulos, una historia de sórdidos crímenes más siniestra que en otras ocasiones, con fotografía y puesta en escena que recuerdan los alardes góticos de los años treinta. Hatton es la estrella absoluta desde los mismos títulos de crédito, sobreimpresionados encima de su inconfundible silueta.

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    La dirige Jean Yarbrough, un todoterreno de las producciones baratas responsable de algunos títulos legendarios como El murciélago diabólico (1940) o King of the Zombies (1941). En este filme Hatton es rescatado de las aguas del Hudson por Martin Kosleck, un escultor despreciado por la crítica que se resiste a reconocer su genio. Kosleck es otro de esos actores de rasgos y modos inusuales de los que inevitablemente despiertan nuestro fervor. De físico reptilesco, con sus ojos fríos, boca grande y desdeñosa y una voz que más parece escupir que pronunciar las palabras, lo  recuerdo bien como el criado homosexual y asesino de Basil Rathbone en The mad doctor (1941), además de ser especialista en papeles de nazis sádicos: hizo varias veces de Dr. Goebbels, nada menos. Aquí es un escultor maldito, francés en Nueva York -extranjero por tanto-, bohemio, pobre, cubista y lleno de resentimiento hacia los ricos que forman el establishment del arte cuyo acceso le está vedado.

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El rostro del acromegálico le fascina de inmediato, actitud que el Ogro Humano agradece yéndose a vivir con él y matando a cuantos se atreven a escribir mal de las obras de su nuevo amigo, que no son pocos. Lógicamente los excluidos se reconocen y se alían; la amenaza surge una vez más de estos seres diferentes que se niegan, como ustedes o como yo, a ver la vida bajo el prisma adocenado de lo Normal.

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     Todo transcurre en el mundillo del arte, donde antes como ahora abundan las envidias y los superegos, con los artistas babeando por conseguir la bendición de los críticos, sacerdotes que les redimen integrándoles en la ortodoxia y concediéndoles así la posibilidad de vivir de su trabajo. Al atormentado, mísero y atraído por lo grotesco Kosleck se opone la contrafigura de Robert Lowery (un actor  de seriales inexpresivo y guaperas) que aquí hace de pintor disciplinado y tolerable, ilustrador realista del lado hermoso de la vida que triunfa comercialmente retratando pin ups, tiene novia, viste bien y trabaja en un estudio ordenado y luminoso, justo al revés que el pobre Kosleck.

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Aunque sólo fuese por este inusual marco de acción merecería House of Horrors eterno recuerdo. Si además es película cruda y algo sucia, con un Rondo mostrado desde todos sus desagradables ángulos y un ritmo narrativo envidiable, más que merecido tiene el lugar que ocupa entre los grandes clásicos menores. Bueno, menores al juicio de la crítica oficial, porque aquí siempre se les considerará excelsas cimas del cine de todos los tiempos…

6 Respuestas a “House of Horrors

  1. ¡Qué ilustrativo es el cartel de la película! Bellas modelos y un asesino monstruoso. Un reclamo sin dobleces para todas las hermosas jóvenes que desean encontrar su monstruo y para la bestia que todos llevamos dentro. El horror, como siempre, rondando el alma de los mortales, que terminamos encontrando dentro de la pantalla el néctar que sacia impulsos y deseos. Luego hablan de entretenimiento y cultura popular cuando seguramente Freud habría firmado la tesis de esos paraísos artificiales.

    Suerte tenemos de usted, Abuelito, que nos rescata esos “ensayos” y nos devuelve la ilusión por las obras humanas injustamente olvidadas.

  2. Vea si puede todos los filmes de Rondo Hatton, señor March, que merecen la pena, pues aunque de forma no consciente muestran y trasgreden muchos de nuestros tabúes cotidianos acerca de la belleza, el bien, la fealdad como condena moral o una sinceridad expresiva naufragada hoy entre océanos de correccción política y estética. Y además lo hacen en oscuros laboratorios, mazmorras y otros de esos antros de la Otredad que tanto envidiamos algunos…

  3. Leo en el IMDb que participó en títulos tan memorables como “Chicago”, “Esmeralda la zíngara” , y con ese disfraz de gorila que tanto le fascina, Abuelito, en “La princesa y el pirata”. Murió en ese mismo 1946, al parecer como consecuencia de la acromegalia.

    • Murió como consecuencia de su enfermedad, dejando a punto de estrenarse su última producción, “The brute man”, en la que hacía del asesino The Creeper matando gente, viviendo en una barraca semisubterránea y enamorándose de una cieguecita. La Universal, temerosa de que le acusaran de haberse aprovechado de la enfermedad de un hombre hasta su mismo final, decidió no estrenar el filme, que acabó vendiendo a la PRC, una productora del llamado Callejón de la Pobreza de Hollywood que la llevó a las salas de cine bajo su nombre. Poca reputación temía perder PRC, acostumbrada como estaba a financiar rodales astrosos y extravagantes.
      En “Esmeralda la zíngara” apenas asoma, entre los miembros de la Corte de los Milagros que llevan a Quasimodo hasta su guarida; en “La princesa y el pirata no lo recuerdo, será cosa de revisarla un día…

  4. El canto del cisne del gran Rondo Hatton!! Grande donde los haya.

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