El extravagante Señor Steeman

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¡Cof, cof, aichs… arrea, qué costipao!! Disculpen la tardanza, nietucos, en aparecer por estos lares, pero con estos achaques y estos insidiosos virus que se han empeñado en visitarme no he podido en días ni arrimarme al aparato este ni salir del lecho casi, casi…¡Aichs! 

Lamentos aparte, aprovecha uno la subida de temperatura para leer lo que puede, que mejor sabe la letra entre efluvios febriles. Tanto reposo me ha dado la idea de una nueva sección que hoy inauguro y seguirá sabe dios cuándo, dedicada a glosar apolillados escritores de los que no se acuerda nadie, de aquellos cuyos libros baratos iban antaño de mano en mano. Nuestra

Biblioteca del Moho 

presenta hoy desde Bélgica para todos ustedes al conspicuo

 Stanislas André Steeman

steeman02Muy popular fue desde los treinta a los sesenta este señor que ajeno a nosotros fuma tranquilamente su cigarrillo. Autor de decenas de títulos consagrados casi por entero al crimen, sus novelas se llevaron al cine, se vendieron como churros, se publicaron muchas de ellas incluso en España. El policial era como hoy género de moda cuando en los años treinta, cuando Steeman redacta y ofrece el grueso de su obra. Títulos apetecibles, semejantes a los que a montón llenan entonces librerías y kioscos, retablo de maravillas de a peseta con el reconfortante aroma de la naftalina.

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Bien supo Estanislao hacerse distinguir entre tanto cultivador de detectives y maleantes. Exhibe desde sus comienzos, cuando al alimón narraba con Herman Santini, de seudónimo Sintair, un estilo visual como pocos: maestro es en hacer que sus escenas se vean como por ensalmo. Del saloncito de mesa camilla con su tapete y su viuda a la iglesia en penumbra profanada por sacristán temblón y acojonado, del ambiente de casino de un pueblo que ciudad se quiere a la pensión vista como albergue zoológico, de la soledad de la noche en calle acechada por asesino al humo viejo y la madera amiga del tabernucho europeo, todo aparece plástico,  en palabras eficaces como brochazos ante los ojos.

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Amenidad, pues, ante todo, y cualidad muy Simenonesca también de trascender psicologías y escenarios. Y un sentido de la extravagancia pocas veces tan felizmente expresado. Steeman es ante todo un mentiroso, un burlador, un cínico. Hay que asumir desde un principio que entre tanto enigma irresoluto, Estanislao nos va a tomar el pelo. Es de aquellos hacedores de whodunits que sabes que de seguro saldrán con inverosímil pata de gallo para escapar del entuerto en que ellos mismo se han metido. Y sin embargo, siempre se le perdona.

Y es que un autor que se molesta en contar crímenes que muestran como sospechosos primero a un gigante, después a un enano y finalmente a un Hombre Simio, pues merece como mínimo nuestro respeto y nuestro perdón respecto a coherencias que devienen fruslerías.  Si además castillos, callejones en penumbra, olor a guisos de pueblo con el unto un punto rancio o ciudades nunca cosmopolitas son su habitual refugio, no queda sino rendirse e indagar.

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Lo que se encuentra no decepciona a quienes son amantes y cómplices del código genérico. Sabedor de sus estrechos límites, Steeman los burla con un humor hijo directo de la extravagancia de sus tramas. Asesinos de humo que no son dos sino uno, hermanos gemelos que no existen, criminales que matan muñecos, viejas criadas que ofrendan velas al diablo, pitecántropos que pronuncian discursos: nada es normal en su universo, por más que quieran serlo las reglas que lo rigen. Si su personaje, el comisario Wences -amigo del disfraz y la ironía- se infiltra en un hostal buscando extraños comportamientos, todos los huéspedes que encuentre los exhibirán; si hay una feria en los alrededores del castillo que visita, aparecerá sin falta un Hombre Mono a darle quehacer en sus horas libres; si decide ingresar a su sobrina en un internado, seguro que en poco tiempo un demonio asesino irrumpirá en el colegio de señoritas.

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Mi preferida es sin duda El misterio del Zoológico de Amberes, colosal gamberrada en la que intervienen el Eslabón Perdido, criatura llegada a Bélgica desde Borneo en jaula, un par de sabios medio locos y una deliciosa sinrazón que se apodera del texto página tras página para desembocar en delirio no por previsto menos disfrutable. Estilización máxima del tópico ejercida con desvergüenza de la más sana: una receta siempre agradecida por devoradores de ficciones como yo mismo, como los lepismas o como ustedes, a poco gusto que hayan cultivado…

11 Respuestas a “El extravagante Señor Steeman

  1. Mejórese, Abuelito. Aunque leyendo las vidas y milagros de grandes hombres sabemos que muchos de ellos despertaron a la genialidad gracias a las lecturas que hicieron postrados en la cama por unas fiebres. ¿Será que la combinación de fiebre y lectura despierta algo guardado en nuestro interior?

    Me agrada ver también la portada de un Club del Misterio de Bruguera, tal vez el último coletazo del pulp en España después de sus Bolsilibros.

  2. Fiebre, no mucha, y lectura son sin duda combinación adecuada, pues la percepción parece que se agudiza, o se deforma o lo que sea; en todo caso lo que lee en semejante estado suele arrebatar de un modo más intenso… Ah, el Club del Misterio, cuando los pulps se editaban todavía con su precioso formato y características, y no con tapa dura, dorados en cubiertas e ínfulas al por mayor, como ahora…

  3. Vaya, qué ganas me han entrado de conocer la obra de este escritor (o escritores, si sumo al paquete a Sinclair). Gracias por la recomendación, Abuelito. Y gracias también por mostrar esas tapas bellísimas. Qué maravilla de diseño.

    Mejórese pronto, que usted es imprescindible; el mundo es un poco menos birillante cuando este Desván no está abierto.

  4. Aún se encuentran por ahí, en mercadillos o en todocoleccion.net un montón de las novelas de Steeman; si le agrada, don Vivaldo, el policial extravagante, lea Crimen en un castillo, El demonio de santa Cruz (editado en los setenta como “Una vela para el diablo” -aunque nada tenga que ver con el filme homónimo de 1973 de Eugenio Martín) o El misterio del zoológico de Amberes, que disfrutará lo suyo…

  5. Muy interesante entrada y que geniales portadas como ese “Uno de tres” desde donde nos saluda Henry Hull y qué grande era Manolo Prieto. Saludos. Borgo.

  6. Ains! Sr Abuelito, siempre me sorprende con tan fabulosos hallazgos, no sabe usted que daría yo por tener estas portadas, especialmente la de ‘Uno de tres’. Si la consiguiera quitaría la figurita de la niñita rezando que hay sobre el cabezal de mi cama y la pondría en su lugar para que acompañe mis dulces sueños.
    Saludos
    La liebre japonesa

  7. La verdad es que desconozco a Steeman, però me he deleitado con las portadas de las novelas, sobre todo con las dos de Manolo Prieto. Siempre se aprende algo.

    Mejórese usted, Abuelito, que a cierta edad todo cuidado es poco. Arrímese a la mesa camilla y al brasero y coma usted sopas de tomillo y calditos.

  8. Abuelitoooo… A ver si lo que va a tener usted no es un virus (cajón de sastre donde los galenos solemos meter todo lo ignoto) sino una alergia a los ácaros del mucho polvo acumulado en esos libros, tebeos y filminas. Póngase una mascarilla cuando rescate estos papeles y celuloides.
    Beso sus venerables canas (a distancia, no vaya a contagiarme yo).

  9. Hablando de papel mohoso, qué hermosa su aportación al volumen Bolsilibro y cine bis, Abuelo, que acabo de leer con gozo. Usted sí que sabe y no como otros.

  10. “El asesino vive en el 21” me suena,de ésta se hizo película,creo.
    He visto que las portadas son de distíntas épocas por que el precio varía desde 0,30 centimos “en toda la república” hasta seis pesetas.
    Treinta años,como bien dijo,abuelito.

  11. Buena memoria, don Ángel: El asesino vive en el 21 la llevó a la pantalla H. G. Clouzot, el mismo de Las diabólicas o de El salario del miedo, en 1942, en plena ocupación alemana de Francia. Un filme muy pero que muy recomendable, que hasta hace poco al menos estaba en el emule, si no recuerdo mal…

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